Viernes, Marzo 12, 2010
   
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La camiseta de fútbol, ¿se mancha o no se mancha?

Como ya muchos de ustedes sabrán, en estos primeros días del año el equipo local que más ha sacudido el mercado de la indumentaria y los patrocinios futbolísticos ha sido el Racing Club.  No sólo porque acaba de convertirse en el segundo club argentino vestido por la marca brasileña Olympikus sino también porque el Banco Hipotecario, el nuevo main sponsor de la Academia, experimentará con una novedosa iniciativa de marketing que dejará a la casaca albiceleste libre de estampados publicitarios.

Más allá de que algunos reportes periodísticos han sugerido -muy entrelíneas- que la acción del Hipotecario bien podría tener tanto de innovación publicitaria como de subsidio encubierto del poder político al fútbol (recordemos que este banco es una entidad mixta, muy permeable al controvertido accionar del Gobierno en el mercado financiero), lo cierto es que, como amantes de las camisetas, no podemos menos que sentirnos entusiasmados por volver a ver a un equipo importante con su camiseta bien limpita.

Sin embargo, al reflexionar algo más sobre esta cuestión se nos impuso una pregunta por demás inquietante: este afán nuestro por ver a las camisetas libres de todo sponsor, ¿es compartida efectivamente por la mayoría de los aficionados al fútbol, después de todo, los destinatarios naturales de los productos oficiales de los distintos clubes?  ¿No sucederá en verdad que, luego de casi tres décadas de logos estampados, los hinchas-consumidores han acabado por considerar la presencia de los sponsors como algo no sólo natural, sino incluso deseable?


Marcas, prestigio y colores

Algunos mínimos indicios podrían servir para sostener esta hipótesis.  Por ejemplo, ¿cuál sería la necesidad de que las camisetas falsificadas lleven también los logos de los auspiciantes oficiales de los clubes?  No estamos hablando de aquellas prendas de calidad aceptable que tratan de hacerse pasar por auténticas, sino de aquellas otras truchadas tan groseras que a veces hasta despiertan un vago sentimiento de ternura.  Pues bien, ¿quién podría asegurar que nunca vio (o usó…) uno de esos pedazos de poliéster pesado y descolorido, torpes imitaciones de la ropa del Milan o el Real Madrid?  Y, sin embargo, ni siquiera a esas casacas de todo por dos pesos les suele faltar su correspondiente logo de Bwin en el pecho.  Entonces, cuando ya pasaron al menos veinte años de la última vez que un futbolero cualquiera pudo ver en una simple remera roja una camiseta del Liverpool, España o Independiente, está claro que ni el más descarado de los falsificadores se atreve con ese halo de autenticidad u “oficialidad” que un logo comercial le aporta a una camiseta de fútbol.

Otro indicio más cercano proviene de una de las encuestas que solemos hacer aquí, en Arte y Sport, en el extremo inferior derecho de la pantalla (que deberíamos renovar con más frecuencia, es cierto).  Cuando les preguntamos a nuestros usuarios acerca de su preferencia en cuanto a calidad y cantidad de sponsors en las casacas de sus equipos, para nuestra sorpresa no fue la opción “camisetas sin publicidades” la más votada, sino que la ganadora –por estrecho margen- fue “prefiero una camiseta con un único sponsor importante”.  Pues bien, las empresas podrán entonces seguir gastando fortunas en patrocinios sin ninguna culpa, pues parecería que los visionarios del marketing tienen toda la razón: las marcas no nos quieren vender productos, nos quieren vender “experiencias positivas”.  Y nosotros aceptamos gustosos.  Este redactor lo pudo comprobar personalmente, un día en que pasó por la farmacia y terminó comprando una determinada marca de analgésico sólo porque ésta tiene su logo estampado –junto al de otras cuatro empresas- en la casaca de su querido cuadro del Ascenso.  Nada más que agregar.

Una tercera pista es también bastante cercana.  Se trata de la polémica suscitada por el patrocinio de la marca de electrónica LG en la camiseta de Boca.  En diarios, foros, blogs, redes sociales y programas de radio partidarios y neutrales se llegó a hablar de “traición”, “deshonra”, “falta de respeto” y hasta de “profanación del manto sagrado”.  En serio. Y todo porque resulta que el logo de LG tiene colores similares –ni siquiera los mismos- a los de la camiseta de River.  Los que hayan visto la película La idiocracia y crean que el triste futuro planteado allí está mucho más cerca de lo que sugiere la ficción se habrán deleitado con las obligadas explicaciones de un dirigente boquense: “El logo de LG no es rojo y blanco, es bordó y blanco”.  Ojalá que este pobre hombre no deba salir nunca a explicar que el sol sale de día.

 

 

Esta curiosa controversia indica que hoy, a diferencia de lo que sucedía cuando aparecieron las primeras camisetas con auspicios, para algunas (¿muchas?) personas el estampado del logo de una marca comercial en la casaca del club de sus amores no constituye una “profanación”, pero sí lo es que ese logo lleve los colores del clásico rival.  Por cierto, a nadie se le ocurrió mencionar siquiera el desproporcionado tamaño del logo de la petrolera Total en las mangas de la misma camiseta azul y oro.  ¿Acaso porque es de un neutral color blanco?


Valores en torno a las camisetas de fútbol

Cuando los argumentos se cruzan de tal modo que ya no podemos saber si estamos discutiendo sobre el mismo tema llega un punto en que es conveniente volver a plantear todo desde el principio.  Así, para saber si tiene sentido seguir pensando que es preferible que las camisetas de fútbol no lleven publicidades, convendría empezar a revisar desde qué lugares se podría abordar la cuestión.

Todos podemos coincidir en que en apenas unos veinte años el fútbol ha dejado de ser uno más entre los tantos deportes profesionales que mueven sumas siderales de dinero para volverse un fenómeno de masas global, algo inédito en la historia moderna.  Esta transformación arrasadora y cada vez más vertiginosa, posibilitada y potenciada por los avances en las comunicaciones y las tecnologías digitales, suele encontrar sin embargo ciertas resistencias, dinámicas o evoluciones inesperadas en los propios aficionados al fútbol –como decía antes, el mercado natural de todos aquellos que recurren al fútbol en un intento de mercantilizar su actividad profesional- y también en las obsoletas estructuras dirigenciales de clubes y federaciones nacionales e internacionales.

Esa resistencia o conflicto al que aludimos sucede porque el amante del fútbol reconoce -quizás no conscientemente- que éste es por empezar un deporte moderno, basado en ciertos valores propios de quienes le dieron origen: la aristocracia inglesa de la segunda mitad del siglo XIX.  Aquellos valores, asociados a un espíritu de competencia limpia, fortaleza del cuerpo y caballerosidad entre pares, fueron evolucionando a medida que el fútbol logró difundirse en cada vez más rincones del mundo.  No sólo sucedió que cada cultura supo incorporar al fútbol para luego reinventar la forma de jugarlo y entender su esencia, sino que luego la llegada del profesionalismo y el desarrollo de los medios de comunicación en el siglo XX generaron verdaderos fenómenos populares alrededor de este juego, con rasgos muy propios en cada país.  Sin embargo, pese a estas particularidades y a la desigual evolución de las sociedades, los amantes del fútbol nunca renunciaron del todo a aquellos antiguos valores fundacionales.  Tampoco lo hicieron sus instituciones, al menos en lo formal: basta con observar la bandera amarilla que reza “Fair Play” en cada competencia importante organizada por la FIFA.

Una de las manifestaciones más concretas de los antiguos valores es, justamente, la camiseta con la que se juega al fútbol.  Si es cierto que este deporte es uno de los muchos juegos de guerra inventados por los gentlemen ingleses, entonces la camiseta resulta a la vez uniforme, distintivo y bandera.  El futbolero típico –y hasta algunos futbolistas profesionales algo chapados a la antigua- sienten un respeto reverencial por la casaca de su equipo, y no sólo en sentido figurado.  Más allá de las prescripciones reglamentarias, hay una serie de reglas no escritas, algunas más difundidas que otras, que estipulan claramente qué se debe y qué no se debe hacer con una camiseta.  Podría decirse que las camisetas son casi objetos rituales.

 

Evolución y actualización de los viejos valores  

Pero sucede también que el desarrollo imparable del fútbol como generador de bienes culturales y comerciales de escala global no se ha dado de  la mano de un proceso de modernización y profesionalización equivalente en las estructuras institucionales que le sirven de apoyo.  El hecho de que una actividad como el fútbol del siglo XXI continúe siendo manejado en la Argentina por asociaciones de declamado espíritu amateur pero con una capacidad de funcionamiento seriamente limitada por su propia obsolescencia es la fuente principal de muchos de los graves conflictos que el fútbol suele generar.  Para explicarlo con más claridad: al analizar la actualidad del fútbol argentino, surge la clara certeza de que es insostenible y cada vez más difícil de justificar este modelo en que los clubes insisten en funcionar como asociaciones sin fines de lucro, manejadas por dirigentes que aún deben disfrazarse de buenos muchachos de barrio pese a que gastan cifras millonarias en las campañas que les posibilitan llegar a sus cargos.  La informalidad, la ineficiencia y el desmanejo (para no hablar de corrupción, hipocresía o malas intenciones) se reproducen en cada instancia de nuestro fútbol hasta llegar a la cúspide.

Ahora bien, si este modelo ha llegado hasta este punto –y no parece que vaya a cambiar mucho en lo inmediato- es porque esta invocación apenas formal a los viejos valores que termina justificando todo tipo de desaguisados cuenta con la anuencia, al menos implícita, de la gran mayoría del público futbolero.  El hincha sostiene al modelo imperante, aunque le suele plantear un conjunto de exigencias tan contradictorias como el modelo mismo.  Quiere que su equipo siga representando a un club de barrio, pero luego le exigirá que le  gane el Mundial de Clubes al Manchester United.  Quiere que el club siga siendo “de todos”, aunque ruega que algún inversor (poco importa quién) llegue con sus millones para comprar jugadores de jerarquía (desde luego, si luego todo sale mal y el equipo no gana tres torneos en un año, el hincha despechado querrá ir a buscar al inversor para lincharlo).  También quiere que a las autoridades las elijan “los socios”, aunque él no está asociado.

Y el hincha de fútbol también quiere que la camiseta sea “la de siempre”.  Aunque cualquier repaso a un archivo fotográfico permitiría comprobar que los clubes no usaron en toda su historia dos veces la misma camiseta, el futbolero idealiza su diseño y sus colores como si hubiesen sido provistos por una divinidad.  Sabe que detrás de su casaca hay una historia que puede ser incluso trivial (una lavandera descuidada, unos rollos de tela regalados por un colchonero, la bandera de un barco que llegó al puerto), pero prefiere elevar ese humilde nacimiento a la categoría de revelación mítica y siempre estará dispuesto a velar por que a ninguna marca ni a ningún diseñador estrella se le ocurra alterar la pureza de su manto.

Pero, ¿cómo se explica entonces la tolerancia y hasta la aprobación de los estampados de las publicidades en las camisetas?  Una respuesta posible sería que, a la vez que el público de fútbol se ha empecinado en conservar vagamente los viejos valores del deporte amateur, también ha incorporado otros nuevos, en ocasiones, abiertamente en conflicto con los anteriores.  Pese a la desconfianza que suelen sentir por las corporaciones poderosas, los aficionados al fútbol -en definitiva, cualquiera de nosotros- no vivimos en una burbuja ni somos inmunes a las estrategias de comunicación de las empresas.  Por eso, para qué negarlo, a la vez que lamentamos esa mancha en nuestros sagrados colores, también sentimos que algo del prestigio de las grandes marcas se le traspasa a nuestro equipo si éste tiene la suerte de ser auspiciado por una de ellas.  La imagen de la marca se vuelve un espejo de la propia institución, le termina imponiendo algo así como un lugar en un ranking, una estatura social.  Con una mano en el pecho, ¿quiénes de los que aún se han salvado de los estridentes estampados de La Nueva Seguros no sentirían que su equipo podría pasar a jugar cualquier día de éstos en alguna de las divisionales de Ascenso si se enterasen de que su club acaba de firmar con esta marca?

También debería tenerse en cuenta que en la actualidad algunos de aquellos antiguos valores han cobrado una relevancia mucho mayor o se han reinterpretado.  El valor de la victoria deportiva y el de la exteriorización del sentimiento de pertenencia a un equipo alcanza en ocasiones la dimensión de una psicosis de masas.  Así, a veces da la impresión de que los hinchas aceptarían hasta un patrocinio de Al Qaeda si la operación le dejara suficiente dinero al club para comprar los refuerzos que permitan pelear por esa esquiva copa internacional.  Del mismo modo, a medida que las alternativas y la calidad del juego dejan de ser interesantes para el hincha, mucho más entretenido en autocelebrarse ruidosa y hasta violentamente en su condición de tal, las empresas pueden encontrar en el patrocinio de las camisetas una vía rápida para lograr la empatía de un grupo de consumidores.  Es decir, de alguna manera más bien inconsciente, empezamos a mirar con cariño a aquella marca que eligió a nuestro equipo para exhibir su logo.  Si esa marca paga para estar allí, de alguna u otra manera se vuelve tan hincha del equipo como nosotros.

 

Lo que los coleccionistas quieren

Cualquier deprevenido podría pensar que los coleccionistas deberían ser los más preocupados por el exceso de publicidades en las camisetas de fútbol.  Esto suele ser cierto, aunque también hay ciertos matices.  Detalles al margen, todos acordaremos en que existen dos grandes grupos de amantes de las casacas: los que coleccionan prendas de jugador (usadas en juego o de utilería) y los que prefieren las réplicas oficiales de tienda.  Es cierto que ambos grupos no son excluyentes, pero cada uno de nosotros seguramente se inclinará más por una u otra opción.

Así, para el coleccionista de matchworn shirts lo más importante es el valor histórico de una camiseta, el cual surge de una combinación de factores: antigüedad y estado de la prenda, relevancia del partido en que fue utilizada, logros del equipo al que pertenecía el jugador que la vistió, cercanía afectiva del coleccionista con el jugador o el equipo en cuestión, etc.

Esto implica que, para este tipo de aficionados, el valor estético de una camiseta es una cuestión decididamente secundaria.  Para ellos, una camiseta puede cumplir con una y sólo una de dos condiciones: o es auténtica, o es falsa.  No importa si la prenda tiene una, dos o veinte publicidades.  La camiseta, si es auténtica, es una verdad histórica por sí misma.  No tiene ningún sentido cuestionarla.  Por eso, que tenga publicidades hasta puede llegar a ser una solución, porque los mismos estampados suelen ayudar a determinar la autenticidad de una prenda de colección.  Debe tenerse en cuenta que por este tipo de casacas se pueden llegar a  pagar sumas muy elevadas.  Y, créase o no, existen no pocos “armadores” de camisetas históricas, inescrupulosos que inventan piezas de museo en sus laboratorios.

En cambio, esos otros fanáticos que esperan insomnes que Adidas traiga al país de una buena vez la nueva camiseta titular de Rusia, esa belleza medio mufa que no estará en el Mundial, o aquellos que serían capaces de vender a su madre con tal de trabajar para el equipo de diseñadores de Umbro, esa gente a una camiseta le puede perdonar cualquier cosa, incluso que sea del equipo que más odian en este mundo.  Pero de ningún modo le perdonarán que sea fea.

Para este grupo de camiseteros el diseño lo es todo.  La estética manda, es el valor supremo.  Es muy probable que nunca, ninguna camiseta los deje del todo satisfechos.  Siempre podría ser mejor.  Están convencidos de que los diseñadores de las marcas deben de padecer cuadros severos de cataratas, o, como mínimo, de daltonismo.  La madrugada los puede sorprender argumentando en un foro acerca de, digamos, por qué están convencidos de que el tono de verde del último lanzamiento del Atromitos FC de Atenas no es el más adecuado para una tercera camiseta (porque no se distingue del azul de la titular, desde luego).  Pues bien, para esta clase de personas, las publicidades en las camisetas suelen ser una desgracia.  Peor, un flagelo.  Un atentado contra el diseño perpetrado por dirigentes irresponsables, mercaderes ambiciosos y diseñadores sin principios.  Algunos son más flexibles, y hasta agradecen cuando el logo de una marca no ocupa mucho espacio en la camiseta, o se adapta para que combine mejor con el diseño.  Otros, fundamentalistas de paladar negro, afirman que esos equipos franceses, mexicanos, austríacos o bolivianos que ven en la tele deberían ser expulsados de las canchas de fútbol y puestos a competir en el automovilismo.  No perdonan ni al pobre equipo de liga regional al que le acaban de cortar el agua por falta de pago.

Ahora bien, ¿hay alguien a quien le importe la opinión de esta pequeña minoría de obsesivos, entre quienes se encuentran seguramente los apreciados visitantes habituales de este sitio (y aquellos otros pocos, poquísimos, que todavía no abandonaron la lectura de este artículo)?  Es muy probable que no, ya que quienes generalmente deciden acerca de estas cuestiones tienen otras ideas en mente, como veremos enseguida.

 

 

El salvavidas del sponsor

Hay algo que nunca parece alcanzar en los clubes del fútbol argentino: el dinero.  A medida que pasan los años queda cada vez más claro que la crisis económica que castiga cada vez más fuertemente a los clubes nacionales es estructural e irreversible.  El modelo actual hace agua por todos lados y sólo puede subsistir, en condiciones cada vez peores, gracias a los constantes aportes del sector público.  Estos aportes, discutibles desde todo punto de vista, suelen darse en forma de donaciones de tierras públicas, exenciones impositivas, condonaciones de deudas previsionales y fiscales, créditos a tasas subsidiadas, intervenciones irregulares en procesos judiciales y muchas otras más.  El último –y más escandaloso- de estos aportes ha sido el acuerdo firmado entre el Sistema Nacional de Medios y la Asociación del Fútbol Argentino.  Ambas partes convinieron en transmitir todos los partidos de la Primera División por la Televisión Pública a cambio de una suma que asciende a los 600 millones de pesos anuales, nada menos que cuatro veces más de lo que la AFA cobraba por su anterior contrato (rescindido unilateralmente) con la empresa Torneos y Competencias.

Como no podía ser de otra manera, cada vez que un funcionario intenta explicar por qué la totalidad de los contribuyentes argentinos son obligados a financiar las interminables crisis de los clubes de fútbol, suele justificarse aludiendo a la importancia social y cultural de estas entidades.  Pero lo cierto es que ni siquiera el puñadito de clubes bien administrados, con una función social comprobable y rendimientos aceptables en los torneos profesionales, puede subsistir con este modelo de organización del fútbol sin recurrir constantemente a la venta de los mejores jugadores formados en las divisiones inferiores.

Frente a este panorama, es lógico que no haya patrocinador que alcance, así que es probable que los dirigentes pronto empiecen a vender la publicidad en las camisetas por centímetro, como los avisos clasificados.  Los sponsors de algunos clubes hace rato que han saltado de las camisetas y se han instalado también en los shorts y en las medias.  Tenemos también a esa marca de motos que estampa su logo en el pecho de un par de equipos, pero, no contenta con ello, reproduce también ese mismo logo –de un tamaño generoso- en los hombros de las mismas casacas.  ¿Tiene sentido algo así, realmente?

Para las finanzas de los clubes, todo indica que sí.  Ni siquiera los más grandes se salvan de los parches que se multiplican.  Tres de ellos ya tienen publicidad en las mangas.  Independiente, desde hace ya algunos años.  Boca, como hemos dicho ya, aumentó notablemente la superficie de publicidad en las mangas con los logos de  Total.  Y River ha terminado por rendirse a la nueva estrella de los patrocinios deportivos: los sitios de apuestas virtuales.

El vínculo de River con Pokerstars anticipa una tendencia que ya se ha consolidado fuertemente en Europa y que más temprano que tarde llegará a nuestro país: el auge de los sitios web de apuestas deportivas.  Lo que a corto plazo puede parecer una salvadora inyección de fondos frescos para los clubes, en verdad podría convertirse en un problema considerablemente mayor: allí está la seguidilla de escándalos por partidos arreglados en varias ligas europeas, de todas las categorías, como un ejemplo de las cosas que suceden cuando el juego online se difunde masivamente.  Por supuesto, en el primer mundo siempre hay alguna mafia algo exótica a quien culpar, a veces la rusa, otras veces la croata, cualquier día de éstos la montenegrina, con lo cual, al menos hasta ahora, la reputación de los sitios de apuestas no ha sufrido demasiados cuestionamientos.

En cambio, imaginen qué podría llegar a pasar en un medio como el nuestro si se permitiera o impulsara el desarrollo de los sitios de apuestas deportivas.  Si con ese negocio apenas en pañales nos encontramos con que los árbitros son constantemente cuestionados, las barras bravas amenazan a los planteles para ir para adelante o para atrás -según el caso-, los jugadores, técnicos y dirigentes discuten públicamente sin el menor pudor acerca de incentivaciones u otra clase de arreglos y los órganos de control de la AFA son apenas una formalidad, si a todo esto le agregáramos los partidos arreglados para favorecer operaciones de apostadores, entonces el proceso se parecería mucho a apagar un incendio con nafta.  Debe mencionarse que lo único que hasta ahora ha servido de freno para que los sitios de apuestas online funcionen a pleno y participen mucho más activamente en el ámbito de los patrocinios deportivos es la falta de una ley nacional que regule el marco legal para el sector.  Hasta el momento, los únicos sitios de apuestas –deportivas o no- que funcionan en el país son unos pocos que han firmado convenios con entes provinciales de loterías.


Las marcas quieren fútbol

Como ya lo habíamos comentado más arriba, las marcas han encontrado en el fútbol una vía privilegiada de comunicación con los consumidores.  Tomando un mínimo de precauciones, una campaña de marketing ligada al fútbol puede lograr resultados excelentes en términos de branding y fidelización de clientes de un modo que no sería nada fácil de lograr por otros medios más convencionales.

Sin embargo, no sería nada descabellado afirmar que las marcas deberían quizás revisar su política de acercamiento al fútbol, al menos cuando deciden publicitar en una camiseta.  ¿Pueden acaso estar tan seguras de que aparecer en una casaca repleta de logos es mejor a no aparecer?  ¿No se termina desvalorizando una marca que se presta a este juego, no podría terminar generando un efecto inverso al deseado?  ¿No deberían ser justamente los publicitarios, quienes no pueden dejar pasar un día de su vida sin pronunciar la palabra “creatividad”, los más indicados para buscar una forma alternativa de patrocinio que redunde en mejores beneficios para sus clientes y para los clubes?

En este sentido, la iniciativa del Banco Hipotecario como sponsor “no contaminante” de la casaca de Racing podría constituirse en lo que se suele llamar un leading case, o caso testigo.  Es de suponer que el Hipotecario no se va a limitar a comunicar en una gacetilla de prensa que “aunque no lo veamos, el logo siempre está”, sino que su iniciativa deberá contemplar toda otra serie de acciones comunicativas tendientes a que los consumidores comprendan y recuerden que esa camiseta limpia de Racing es responsabilidad del banco.  Resta preguntarse cómo podrán evaluar los responsables de esta campaña los resultados obtenidos.  En caso de que se pudiese demostrar objetivamente que la camiseta sin publicidades logró sumarle valor a su auspiciante, se abriría así un interesante abanico de posibilidades para que otras marcas consideren implementar iniciativas de este tipo.


Deseos para el futuro

Luego de trazar este panorama sobre ciertos aspectos del funcionamiento institucional del fútbol argentino en general y de los auspicios en camisetas en particular, podrían mencionarse para finalizar apenas un par de propuestas a desarrollar con la esperanza de lograr una mejoría de la situación.

En primer lugar, creemos que resulta imprescindible la profesionalización de la gestión de los clubes, más allá de que éstos continúen funcionando como asociaciones civiles sin fines de lucro o pasen a constituirse como otro tipo de sociedad.  Pese a que las pocas experiencias locales de gerenciamiento o apertura de los clubes a capitales privados no culminaron con los resultados esperados, también es cierto que mientras que las máximas autoridades de nuestro fútbol no se decidan a encarar una reforma drástica de todas sus estructuras entonces será muy difícil lograr que los clubes dejen de funcionar a pérdida.  No sería de extrañar que a partir del establecimiento de nuevas y muy claras reglas de juego, con las operaciones de todos los actores que participan en el medio sometidas a un minucioso control por parte de órganos independientes, y con todo el bagaje de experiencia e innovación comercial que suelen aportar las buenas empresas, en un plazo relativamente breve los clubes de fútbol podrían experimentar un verdadero renacimiento institucional.  Más allá de las evidentes diferencias culturales y de tradición futbolística, el modelo implementado por la Major League Soccer de los Estados Unidos (similar al de los otros deportes más populares de ese país), con su aceitado sistema de gestión y control centralizados bien podría ser un ejemplo a seguir entre nosotros.  Difícil sería encontrar en el mundo un modelo deportivo más orientado a los resultados económicos como éste, pero sus resultados deportivos son cada vez mejores y las camisetas de todos sus equipos suelen tener pocas o ninguna publcidad.

También sería de mucha utilidad que los clubes comprendieran que, más allá del estado de crisis permanente que los aqueja continuamente, las camisetas de sus equipos son parte de los bienes más importantes de su patrimonio, y esto no es apenas una metáfora.  Si las casacas son, como decíamos antes, una representación concreta de una serie de valores y tradiciones, entonces está claro que ellas se merecen ser protegidas y valorizades como tales.  Por eso, mantener una camiseta limpia debería ser un modo no sólo de respetarla, sino también de que su valor económico aumente.

 

Comentarios
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Pablo_uy   |190.64.163.xxx |2010-01-21 20:46:14
La verdad, que muy bueno el artículo, lo leí todo ayer, pero no me dió para
comentar. Con respecto al artículo en si, yo detesto esos clubes que tienen mil
publicidades en las camisetas, creo que le quita un poco de identidad al equipo
y en definitiva el escudo se pierde entre tanto logo corporativo.
Con respecto
al comentario anterior, me preocupa mas que los clubes se utilicen con otros
fines, como puede ser el lavado de dinero que se ve claramente en ligas como la
mexicana e incluso en las ligas europeas (por lo menos yo no me crei qe
Abramovich compro el Chelsea solo porque iba en avion y le gusto el estadio).
mariano_gds   |200.49.158.xxx |2010-01-21 08:08:50
...alguna duda que los equipos grandes no van a tener filiales encubiertas en la
misma categoría ?? Quien va a querer comprar ARSENAL, o EL PORVENIR ???
Equipos con poca convocatoria, pobres y con zonas de influencia aun mas
pobres..con barras bravas feroces y con cada vez menos que perder...quien va a
querer invertir en ellos, los estas dejando afuera del sistema...y en ese modelo
el rico es mas rico y el pobre es mas pobre. Seguramente se beneficiaran los
equipos de las otras ciudades del pais, pero van a seguir atados al destino de
la economia local.

Me parece que si bien el analisis es muy bueno a la
ecuacion le falto el factor ARGENTINO.

Saludos y perdon por el re-post
mariano_gds   |200.49.158.xxx |2010-01-21 08:03:10
Ante todo muy buena la pagina y el articulo, por que no dice lo que el hincha
quiere escuchar, si no que es un analisis desde un punto de vista mas
frío.

Con lo que no estoy de acuerdo es con tu "magnificacion" para
con el modelo de S.A. Acá quizas soy imparcial ya que soy hincha de Velez, uno
de los pocos clubes que no solo se encuentra comodo en la estructura actual si
no que hace bandera de eso y nos da a nuestros hinchas una identificacion,
rapido y al grano, a nosotros nos pone tan orgullosos la villa olimpica como un
campeonato ...con la diferencia que queremos campeonatos todos los años y una
villa olimpica sola alcanza..jaja.

Bueno, mas alla de eso yo creo que no
tenes en cuenta una cosa, no idealizar el modelo S.A en las entidades
deportivas...ARGENTINAS !!! Te imaginas todos los vicios actuales de la
dirigencia pero RENTADOS ? Te imaginas al nivel de negociado al que se podría
llegar ? Te cabe al...
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